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APOLOGÍA DE LA INUTILIDAD

Pedro Puig Adam

Discurso leído en la solemne entrega por S.E. el señor Ministro de Educación Nacional de los títulos académicos a los ingenieros industriales de la promoción de 1944-1945.

Madrid, Diciembre 1945

Excmo. Señor, Señores:

Tengo que empezar confesando paladinamente que el presente discurso esta hecho en colaboración. Mi colaborador es un inseparable y pegajoso amigo, cuya vida guarde Dios muchos años, quien se ha empeñado en no dejarme punto de reposo en cuanto haga. Su crítica y su ironía me acompañan a todas horas; tampoco podían faltarme, pues, en la hora presente.

Por más que quiero, no puedo llegar a desprenderme de su pertinaz escepticismo, y, contagiado, termino con frecuencia por hacerle caso. Hago constar, pues, que fue él y nadie más que él, quien sugirió el tema "Apología de la Inutilidad", tema, por sí solo, peligroso y atrevido para ser desarrollado en un templo donde se rinde culto a la diosa utilidad. Pues consideren encima el compromiso que supone, para un humilde sacerdote de este templo, engalanarse con la vestidura sacerdotal en holocausto de la diosa rival. La tentación era, sin embargo, tan poderosa para un profesor de Matemáticas, de esas "inútiles Matemáticas", y los arrumacos de mi inseparable humorista eran tan insistentes, que al fin cedí y aquí me tienen ustedes pidiéndoles de antemano perdón.

A lo que no accedo, en manera alguna, es a empezar como él quería que empezara. Juzguen ustedes, para vergüenza del amigo, el párrafo con el que iniciaba u guión al saber que iba a apoyar mi empresa en observaciones de prólogos y de discursos anteriores:

"Los más sesudos psicólogos de masas -me dictaba socarrón- no se han puesto de acuerdo sobre cuál es el medio más eficaz de guardar un secreto. Opinan algunos que este medio no es otro que el de verter el secreto en el prólogo de un libro; otros creen mucho más seguro todavía enunciarlo en un discurso académico. Fúndanse, claro es, los primeros en que no hay quien lea los prólogos de los libros, y los segundos, en que nadie, absolutamente, escucha los discursos académicos".

-No te alarmes- me decía-, que al hablar así no andarás muy lejos de la verdad. Pero, si quieres suavizar la cosa, añade que no te atreves tú a sentar tan categóricas afirmaciones; añade que estás dispuesto a dar la menor resonancia posible a tus palabras, y que a tal fin has creído que podrías obtener los más lisonjeros resultados, apoyándote en ambas escuelas, y espigando aquí y allá, para tu charla, palabras de prólogos y de discursos que juzgas dignos del mayor secreto...

¿Qué les parece a ustedes? ¿Se puede empezar hablando así, con tan alegre desenfado a un auditorio selecto y amigo? De ningún modo. ¡Ni lo soñara! Por muy ingeniosa que fuera la pirueta, esto no iba yo a decirlo, y ya ven ustedes como he cumplido mi palabra.

Enfadose el amigo; me abandonó a mi tarea, y aproveché entonces la gozosa calma en que dejó mi espíritu para poner manos a la obra.

Concebí rápidamente el plan. Una vez más era preciso afear a los espíritus llamados prácticos su desdén por los entusiasmos y desvelos de los teóricos, dejando para otro ambiente y ocasión propicia afear también a éstos, en apología simétrica de la utilidad, su desdén hacia las aplicaciones. Teoría y práctica, pensamiento y acción, son como la gallina y el huevo de la paradoja; y es necesario demostrar a los «puros» y a los «utilitarios» lo infundado de su recíproco desprecio y de su orgullo.

Aquella vieja mujer de la anécdota, increpando a Thales de Mileto por su falta de visión de las cosas de la Tierra, la noche en que éste cayó a un foso mientras caminaba absorto en la contemplación del firmamento, podía tener disculpa hace veintiséis siglos. Hoy, al reconocer que los éxtasis contemplativos como los de Thales dieron origen a 1a ciencia astronómica, y que ésta, tan aparentemente inútil, hizo posible la navegación que nos descubrió nuevos continentes y fuentes de riqueza, nos parece aquel alegato tan burdo como injusto.

No remedemos, pues, a la vieja del cuento, menospreciando afanes dignos por atribuirles una su puesta esterilidad, porque nadie es capaz de vaticinar sobre la fecundidad de una idea ni de prever los insospechados continentes y riquezas a que nos puede conducir. Toda la historia de la Ciencia es la de una constante y monumental simbiosis entre la Matemática y la Técnica, y tan improcedente resulta que aquélla reniegue de su origen empírico, como que ésta pretenda ignorar todo lo que debe a la primera.

Sabemos todos el papel que la Matemática desempeña en el estudio de los fenómenos naturales. El hombre, impotente ante la enorme complejidad de los mismos trata, en su afán especulador, de sustituir esta complejidad por la esquemática sencillez de unos entes de razón sobre les cuales pueda discurrir, cómodamente, el razonamiento puro. Obtenidos los frutos de este razonamiento, proyéctanse nuevamente en el campo de la realidad; y así resulta que los conceptos puestos en juego por la matemática aplicada son sólo conceptos matemáticos «per accidens» a través de un doble proceso de abstracción y de concreción en el que la matemática ocupa una posición central de mecanismo intermediario. Pero una vez elaborados estos entes de razón (más o menos ajustados a los que la realidad nos presentara), adquieren pronto carta de ciudadanía en nuestra mente, se enseñorean de ella, y conviértense en conceptos matemáticos puros, en conceptos matemáticos «per se».

La Matemática teórica recibe, pues, de la Ciencia natural los impulsos y excitaciones iniciales, como el arroyo recibe de la tierra el primer chorro cristalino; pero una vez abierto el nuevo cauce, se precipitan por él, en impetuosa corriente, las investigaciones teóricas, las aguas puras de afluentes secundarios, nieves fundidas de altas cumbres, que vienen a enriquecer su caudal hasta quedar sumido en imponente río aquel primer hilillo que brotó de la madre tierra. Muchas de estas aguas piérdense en el mar del olvido, pero otras, las fecundas, quedan como remansadas en lagos, cuyas silentes capas desarrollarán todo su potencial el día en que los hombres de otras generaciones lleguen a darse cuenta de que con ellas pueden hacer germinar terrenos nuevos o mover nuevos ingenios.

No otro ha sido el proceso de génesis y proliferación de tantas y tan bellas teorías abstractas.

La Geometría, que, según evoca su nombre, tuvo origen en un problema tan material como es el deslinde y medición de tierras, terminó siendo el edificio racional más bello y perfecto que ha construido el pensamiento humano. Y ¿quién había de decir a Apolonio que sus desinteresadas elucubraciones sobre las cónicas habían de servir, diecinueve siglos más tarde, a Kepler para descubrir las leyes que rigen el movimiento de los planetas? Y ¿quién habla de decir a Kepler que sus investigaciones constituían la base en la que Newton había de apoyar su deducción de la ley de la gravitación universal? Y ¿quien podía sospechar entonces que aquel cálculo de fluxiones que Newton ideara para el estudio de algunas cuestiones mecánicas, era nada menos que el primer hilillo de agua del impetuoso caudal que fecundó toda la técnica y toda la filosofía determinista de los siglos XVIII y XIX?

¿Quién pudo predecir, asimismo, que unas curiosas e «inútiles» investigaciones de los maestros Bernouilli y Laplace sobre problemas de juegos de azar, habían de convertirse, a su vez, andando el tiempo, en el instrumento matemático apto para expresar el indeterminismo de la Física moderna?

No quiero enojaros con más ejemplos; basten los indicados para ilustrar el fenómeno de simbiosis, es decir, de mutua ayuda biológica, a que antes aludí, entre la ciencia pura y la aplicada, y quede aquí comprobado cómo va desplazándose, al ritmo del progreso, el umbral que pretende separarlas; quede, por fin, demostrada la imposibilidad de establecer una división tajante entre una y otra. La ciencia pura de cada época se convierte en ciencia aplicada de otra posterior.

Se me objetará, acaso, que hay dos matemáticas, la que mira al futuro y la que mira al pasado; la que es a un tiempo brote y puntal del progreso técnico y la que se desentiende de este progreso para extasiarse en autocontemplaciones retrospectivas, con el simple afán depurador de conceptos y elaborador de síntesis y de abstracciones.

Ejemplos clásicos de una y otra serían, respectivamente, la matemática oriental y la griega. Ejemplos modernos de la primera primera la teoría de ecuaciones diferenciales con sus filiales el cálculo de variaciones, las ecuaciones en diferencias finitas, ecuaciones integrales, íntegro-diferenciales, funcionales, etc., cuyo origen radica invariablemente en algún problema físico; y ejemplos recientes de la segunda lo constituirían la teoría de conjuntos, la de grupos, la axiomática, los espacios abstractos, la topología, el álgebra moderna, la metamatemática, etcétera.

Pues bien, aun admitiendo este doble sentido en el crecimiento del edificio matemático, ya hemos visto cuán torpe y contradictorio sería dar patente de utilidad a la matemática primera y negarla a la segunda pues ambas constituyen un cuerpo único e indivisible.

La Matemática necesita, para la seguridad de sus construcciones, revisar periódicamente la firmeza de sus bases. A mayor nivel de edificación, mayor profundidad de cimientos. La misma ecuatorial, que no pretende altura, busca asiento seguro para su pie en la profunda roca, tan sólo porque ha de escrutar panoramas muy lejanos.

En el árbol de la ciencia, como en los árboles reales, a mayor exuberancia de follaje corresponde mayor calado de raíces, y no es tarea tan liviana como parece, buscar aquéllas de donde procede la savia común que alimenta varias ramas.

Sabido es que la Matemática rigurosa es fruto de una corriente revisionista iniciada en la segunda mitad del siglo pasado por los matemáticos más puros de la época. Pues ved aquí lo que Rey Pastor dice sobre el problema del rigor en el prólogo de su Cálculo infinitesimal para ingenieros:

"No falta quien opina que el rigor, es decir, la precisión y la claridad, son exigencias del matemático puro, y que la mente del ingeniero puede llenarse con vagos juegos de palabras, de sabor metafísico, que disimulen la oscuridad del pensamiento."

"Repase el lector las antiguas definiciones de curva, de tangente, de infinitésimo, de diferencial, etcétera, y después de larga cavilación sobre los puntos consecutivos de una curva, sobre la diferencial que ni es cero ni tiene valor ninguno, sobre los infinitésimos que se desprecian sin alterar la exactitud del resultado, deberá descansar en la fe y aceptarlo todo como dogma."

"Al cabo del tiempo se pusieron en claro todos estos conceptos; la Matemática dejó de ser Metafísica para hacerse Aritmética, es decir, clara, sencilla, limpia de nebulosidades y libre de discusión. Pues bien: nadie como el técnico, que ha de manejar realidades, debe ser exigente en claridad y precisión; nada más lejano de la Metafísica que el hierro y el hormigón."

...¡y es un matemático de los más geniales y más puros quien lo dice!

Pero veamos también cómo, no sólo para apagar la sed de claridad de nuestro pensamiento, pueden ser útiles el rigor y la abstracción. Fue sin duda un afán puramente critico y sistematizador el que indujo a intentar inútilmente durante tantos siglos, la demostración del postulado de Euclides. Cuando esta demostración se encauzó por vías de reducción al absurdo, partiendo del supuesto de su negación, se empezó a edificar una "quimera": la geometría no euclídea. Pero un buen día esta geometría, nacida así, como escoria residual de un vano empeño, se mostró ser riquísimo producto intelectual: nada menos que el esquema adecuado para plasmar la relatividad restringida, cuyo principio tuvo la virtud de unificar la explicación de ciertos fenómenos ópticos y mecánicos que se mostraban contradictorios en el marco de la cinemática clásica, y de predecir otros que la realidad confirmaba.

¡Sabe Dios qué sorpresas guarda todavía la Providencia para esta generación y las futuras en orden a la fecundidad práctica de ciertas teorías que hoy parecen a muchos como inconcebibles nubes de vapor en la estratosfera! Para terminar la parte documental de mi discurso, vaya un ejemplo, sin salir de España: El curso desarrollado en la Academia de Ciencias, hace dos años, por nuestro estimado y admirado colega D. Ricardo San Juan, sobre magnitudes, homogeneidad y semejanza en la Física y sus aplicaciones; curso en vías de publicación, en el que, para dar fundamento riguroso a las operaciones simbólicas que encierran las ecuaciones dimensionales y aun para definir cierta clase de magnitudes físicas, se vale de los instrumentos que se han mostrado naturales para ello, a saber: El álgebra moderna y los espacios abstractos, productos ambos de la más pura matemática contemporánea, donde el símbolo deja, de tener significado numérico exclusivo para poder ser aplicado a todo conjunto de entes ligados por determinadas relaciones.

Resumiendo: Ningún conocimiento puede ser condenado a inutilidad perpetua. Los únicos conocimientos que jamás se aplican son los que no se tienen. Cuantos más conocimientos se adquieran, mayor riqueza de útiles hallaremos en nuestro taller intelectual, mayores posibilidades tendremos de simplificar y abreviar nuestra tarea echando mano del útil adecuado en cada caso.

Es absurdo, pues, presentar la teoría en antagonismo con la práctica. Los párrafos que hemos leído de uno de nuestros más profundos teóricos, podrían ser suscritos por los más conspicuos ingenieros prácticos. No se es poco práctico por tener una buena base teórica, no; sino, en todo caso, por hacer mal uso de ella. Tan poco práctico resultaría una balanza de precisión en una cartería, como un pesacartas en un laboratorio; y las teorías, como los instrumentos, tienen una virtud pragmática que no es sólo valor intrínseco sino también función de la oportunidad al aplicarlas.

El sentido práctico radica precisamente en esto: en adecuar en todo momento los medios de que se dispone al fin que se persigue. Y esto, naturalmente, ya no lo enseña la teoría; es un sentido con el que se nace o que se cultiva con la educación.

Pero esto nos llevaría ahora al problema pedagógico de la educación del ingeniero, saliéndome así del tema propuesto, que creo haber desarrollado ya cumplidamente.

***

Al poner así punto final al borrador de mi discurso, aspiré satisfecho el aire de la Sierra; me hallaba recostado bajo unos pinos, en la ladera de los montes de El Escorial, y contemplaba la inmensa llanura castellana sedienta reseca bajo un sol que cruzaba ya el equinoccio, conservando todavía la implacable fuerza estival. No hacía muchos días, alguien a quien debo respeto y gratitud, y por quien siento gran admiración y afecto profundo, me había hecho el honroso encargo de hablar en este Acto, y sentía la satisfacción intima de haber puesto término a una tarea comprometida y de haber complacido unos deseos que eran como órdenes para mí.

Pero me duró poco la calma y la satisfacción... ;la irónica voz de mi inseparable escéptico sonaba nuevamente en mis oídos diciéndome por lo bajo:

-Crees haber terminado tu discurso y no lo has empezado todavía.

-¡Cómo! ¿Acaso no he demostrado palpablemente la fecundidad de la ciencia llamada inútil?

Desde luego, pero con ello no has hecho la apología de la inutilidad, sino que has ponderado la utilidad de lo aparentemente inútil. Mira, pues, por dónde sigues rindiendo culto a la diosa de vuestro templo, y lo único que has demostrado es no haber alcanzado, ni por asomo, el sentido de mi intención. De todo tu flamante discurso sólo se salva el justo homenaje que rindes a maestros y amigos; todo lo demás, al cesto; es aburrido como un prospecto de específicos. A tal enfermedad tal tratamiento, a tal problema tal teoría... Con esto vas a aburrir a tus oyentes... Es preferible que les cuentes una película... Las hay también muy instructivas. ¿Te acuerdas de aquélla que vimos juntos hace años?

Era una isla olvidada y feliz de Oceanía. Con sus pequeñas pasiones y sus grandes luchas contra los elementos naturales; ¡pero era feliz! Las perlas, que en ella abundaban, eran piedrecillas redondas que se tiraban al suelo como inútil residuo, y sólo servían acaso como entretenimiento y diversión de la chiquilllería.

El humo de una nave manchó un día el horizonte. Era la civilización blanca que llegaba; con su oro, con su alcohol, con sus vicios, sus espejos y su reluciente quincalla. Y brotó en las nativas una vanidad antes desconocida, y en ellos la codicia; y aquellas piedrecillas de desecho adquirieron de pronto tan insospechado valor, que los hombres peleaban y se desvivían por adquirirlas, destrozándose el pecho en inmersiones tan prolongadas que terminaron con la vida de aquel mozo fuerte y robusto de antaño. Saliva y sangre espumaba la boca del negro moribundo; espumarajos de hiel y de desesperación brotaban del rostro contraído del padre, mientras unos trompetazos apocalípticos daban fondo musical al cuadro desolador.

Las sombras de la civilización, ¡las sombras blancas!, habían hecho la isla desdichada...

De nada vale la civilización si sólo afecta a la materia. La gran tragedia actual de la humanidad doliente consiste precisamente en el hecho de haber progresado demasiado en lo material y nada en lo moral; con lo que se ha visto dueña de las fuerzas naturales y las ha aplicado para satisfacer su vesanía destructora.

Fines absolutos del alma humana son la verdad, la bondad y la belleza. Rendimos culto a la verdad, a cierta clase de verdad, porque nos es útil, y olvidamos los factores de bondad y de belleza porque juzgamos a ésta inútil y a aquélla no sólo inútil sino también enojosa en muchas ocasiones que llamamos «prácticas».

¡Ética y estética ! esta es la doble y pretendida inutilidad que debías haber defendido en el templo de tus cuitas, hasta demostrar que nada hay más bello ni más práctico que el Evangelio.

¿Te acuerdas de la adoración que sentía, cuando era joven, por el mito del progreso? Todo sacrificio me parecía poco para conseguir un lugar entre los hombres que la Humanidad recuerda como sus grandes propulsores. Parecíame como si la vida no valiera la pena de ser vivida más que para sobrevivir en el recuerdo de los semejantes.

Pasados algunos años, el mito de tal gloria, de esa vana ilusión de supervivencia, se había desvanecido al comprobar que también en la paternidad de las ideas habla mucho fraude; que también en la designación de elegidos jugaba en ocasiones la comedia movida por hilos de sectarismo y de pasión. El día en que noté el absoluto desinterés con que ya veía tales honores, por la consiguiente subestimación del medio social que podía conferírmelos, me di cuenta de que mi alma había envejecido, y hallé compensación a mi tristeza en los goces de la intimidad familiar. Las primeras ilusiones paternales, el encanto de una responsabilidad compartida en dulce compañía, la certeza ya de una verdadera supervivencia en el recuerdo, en los sentimientos, y hasta en la semejanza física de aquellos seres a quienes arrullaba y defendía, me hacían pensar que bien empleada estaba la atención robada a los hijos del pensamiento para atender y cuidar a los hijos de la carne.

Quedaba, no obstante, todavía intacto el sentimiento de la Ciencia como deber. El progreso no podía detenerse, y si en la distribución de tareas humanas me había sido asignado un modestísimo esfuerzo intelectual, era designio inexcusable seguir trabajando, al margen de todo afán de gloria, pero en cumplimiento estricto de una consigna. Fue la época en que máximo culto rendí a la utilidad: me interesaba todo problema en el que pudiera poner mi esfuerzo al servicio de algo práctico.

Mas llegó un día en que aquellos hijos, carne de mi carne, temblaban convulsos junto a la mía, mientras el suelo trepidaba y los cristales de nuestro hogar saltaban hechos añicos. Eran también sombras blancas, con blancura de aluminio que el ingenio combinado de todos había creado para burlar la gravedad al servicio de la destrucción. Y entonces me pregunté: ¿Para llegar a eso, tanto esfuerzo?...

Pocos días después cogía unos pinceles y empezaba a pintar. Ante la quiebra del último puntal que me alentaba, mi alma era ya un montón de arrugas. Se hacía preciso remozarla; y, en busca de un aliento infantil y rejuvenecedor, iniciaba mis primeros balbuceos en un arte nuevo para mí, con el que olvidaba mi amargura y me forjaba una fáustica ilusión de juventud y aprendizaje...

Aproveché la pausa de mi «alter ego» para consolarle y para animarle como buenamente pude. No era fácil encontrar palabras para rebatir su profundo y contagioso desaliento. ¡No había que ver las cosas desde un punto de vista tan pesimista! Si todos pensáramos lo mismo, si todos nuestros sanos impulsos creadores, orientados al bien humano, hubieran de ser ahogados flor por temor a que la misma Humanidad los aplicara para su mal, tanto valdría poner punto final al progreso y volver al trágico duelo del hombre primitivo con la selva.

La vida, al fin y al cabo, es lucha, y hay que aprestarse a ella, aunque sólo sea en legítima defensa. Quizás seamos simples muñecos de un espejismo progresista, que al pretender redimirnos de nuestra innata debilidad frente a las enormes fuerzas naturales, nos obliga a aglutinarnos en multitudes compactas, para ganar en potencia lo que perdemos en bondad; que el hombre aislado no es acaso tan malo como parece, pero no tiene fuerza; y la masa es fuerte... pero carece de moral.

-¿Y por qué la Ley de Dios no ha de regir también para las masas? -me replicó con exaltación creciente-. ¿Por qué lo que no sería capaz de hacer un individuo como tal, lo realiza sin escrúpulos en nombre de una colectividad a la que pertenece? ¿Por qué los sabios incapaces de utilizar para su peculiar provecho un invento destructor, lo entregan sin temblar a la Humanidad irreflexiva para que se destroce? ¿Qué diríamos de un padre poniendo en manos de su hijo inconsciente un puntiagudo puñal? ¡No, mil veces no!. Hay que hacer hombres buenos, no fieras sabias. La ciencia ha dejado ya de tener el impulso desinteresado de otros tiempos; hoy es ciencia macabra al servicio del mal. Se ha desprendido del sentido deportivo que tuvo en Grecia, que tuvo en el Renacimiento, ¡venturosos siglos de la ciencia inútil! Hoy escupimos al Cielo el humo de nuestras fábricas y el humo de nuestra soberbia. Llegó la era de la desintegración total, la desintegración del arte, de la familia, hasta del átomo...

-¡Calla!

-…y es inútil que se intente guardar el secreto. Lo que unos hombres han realizado, pueden realizarlo otros con la ventaja que confiere la seguridad en la existencia del resultado. Y el día en que cada país tenga secretamente guardadas posibilidades inconcebibles de destrucción ¿qué porvenir espera a la Humanidad?

-¡¡Calla!!

Calló al fin, y callé yo también, espeluznado. Balanceábanse las copas de los pinos sobre mi cabeza atormentada. Los erizados plumerillos de sus hojas, parecían limpiar de polvo la superficie azul del cielo. Ni un estruendo en todo el horizonte, ni un zumbido de motor; sólo el plácido tañido de las campanas del Monasterio, solemnes e indiferentes al paso de los siglos, parecían recordarnos la venturosa paz de que gozábamos. Y mis labios musitaron una oración en súplica ferviente y otra en acción de gracias a la Providencia y al hombre que supo interpretarla.

Y aquí me tenéis, con dos discursos: el ingenuo y el escéptico. Hombres prácticos de hoy y de mañana, elegid el que queráis; mejor diría, tomad de ambos lo que os parezca menos desmoralizador y más estimulante. Pero cualquier que sea la opinión que de uno y otro hayáis formado, tened por seguro que en los momentos de desfallecimiento a que pueda conducirlos la dureza de vuestra lucha, volveréis a encontrar siempre, bajo los tres techos de esta casa, aquella reserva de aliento y de fe en vuestro destino que habéis ido atesorando en medio de sus aulas.

Volved, pues, a ellas, volved a vuestra casa solariega con frecuencia para recibir de nuevo el impulso vigorizador de aquellas primeras ilusiones estudiantiles que en estas paredes quedaron prendidas. Ellas os devolverán también el eco nostálgico y lejano de voces que desaparecieron para siempre y que van unidas en vuestro recuerdo al carro triunfal de entusiasmo que guiaba vuestra juventud.

Permitidme para terminar, recoger hoy aquí el eco de la voces recientemente extinguidas y que aún vibran en nuestra evocación:

La voz tenue y aterciopelada de D. Benjamín Monfort, el decano de los profesores auxiliares de la casa, y de los Ingenieros de Hacienda, compañero sencillo y cordial de gratísimo trato.

La voz de grave y rica sonoridad levantina de D. Cayetano Cornet, -cor net-, corazón limpio, bondadosa sonrisa, afable campechanía, profesor titular de Dibujo en la Escuela de Barcelona, maestro como Monfort de toda una generación de Ingenieros, a la que me honro en pertenecer, ya que de él recibí afecto y enseñanza en los comienzos de mi carrera.

Y, por fin, aquella voz inolvidable, que durante cuarenta años, sin interrupción en el tránsito de alumno a profesor, llenó de cálidos y nobles acentos estas aulas; la que nunca desmayó, si bien en los últimos tiempos se entrecortaba por fatigosa respiración, la de mi entrañable compañero y amigo, aquel espejo de caballeros que se llamó D. Alfonso Torán.

Cada día al entrar en cátedra me estimula y conmueve su recuerdo. Cada vez que trato de personificar en alguien las virtudes de fe y entusiasmo por nuestra Escuela acude mi memoria su figura. Al hablaros antes del poder alentador de estas paredes pensaba también en él. Me confesó en varias ocasiones que la única hora romántica de su jornada de trabajo, aquélla en que gozaba su espíritu con los goces de una esperanza renovada, era la hora que dedicaba a la Escuela. Por esto no había medio de sujetarle en sus convalecencias. En cuanto sus fuerzas eran tan sólo capaces de sostenerle D. Alfonso burlaba el cuidado de los suyos y venía gozoso a ocupar su puesto. Su ilusión por la carrera y por la Escuela le acompañó hasta el fin de su vida. Aún recuerdo la penosa impresión que me causara su imponente palidez en la fiesta del año pasado. Grave como estaba, no quiso faltar a ella; no podía faltar; y quien sabe si ello precipitó su fin. Hoy sigue con nosotros en espíritu y desde la región que Dios destine a los que mueren en Su Gracia, contemplará gozoso lo que no llegó a ver en vida: la entrega del Titulo, por él tan estimado, en manos de su primogénito.

Pues bien; en nombre de su memoria, de la de aquel santo varón para quien la Escuela antes que de Ingeniería lo era de nobleza y de caballerosidad, yo pido a todos los que vais a recibir el codiciado diploma que os faculta para ejercitar vuestro ingenio en el arte de la creación industrial, que tengáis presente su ejemplo, y que el uso que en la práctica hagáis de vuestro título esté siempre tamizado por el más exquisito buen gusto y por la más rígida y austera moral.

   


 

 

José María Sorando Muzás

jmsorando@ono.com