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Fragmento de

Autobiografía: la escritura invisible

Artur Koestler

“Cuando frente a la pared de aquella calle de Málaga, igual­mente inerme e indefenso, volví la cabeza obedeciendo las órde­nes del fotógrafo, reviví aquel trauma. Esto, ¡unto con los otros acontecimientos del mismo día y de los tres días siguientes, en los que presencié ejecuciones en masa, por lo visto determino en mí un aflojamiento y un desplazamiento de las capas más profundas de mi psique, un ablandamiento de las resistencias y un reorde­namiento de las estructuras que en forma transitoria quedaron abiertas a ese nuevo tipo de experiencias que estaba sufriendo.

 Lo experimenté por primera vez un día o dos después de mi tras­lado a la cárcel de Sevilla. Me hallaba de pie ¡unto a la ventana de la celda número 40 y con un trozo de alambre que había sacado de mi colchón elástico garabateaba fórmulas matemáti­cas en la pared. La matemática, y particularmente la geometría analítica, había sido la afición favorita de mi juventud, que luego hube de descuidar por muchos años. Trataba de recordar cómo se deducía la fórmula de la hipérbola y encontraba dificultades, luego probé con la fórmula de la elipse y de la parábola y, con gran alegría, logré deducirla. Después intenté recordar la prueba de Euclides de que el número de los números primos es infinito.

 Números primos son aquellos, como 3, 17, etc., que no son divi­sibles más que por sí mismos y por la unidad. Uno bien podía imaginar que, conforme avanzamos por la escala numérica, los números primos serian cada vez más raros, en virtud de hallarse cada vez más productos de cantidades menores, y que por últi­mo se llegaría a un número, muy elevado, que sería el número primo máximo, el último numéricamente virgen. La prueba de Euclides demuestra sencilla y elegantemente que no es así y que, por más astronómicamente elevada que sea la cifra a la que se llegue, siempre encontraremos números que no son el producto de otros más pequeños, sino que se deben por así decirlo, a una concepción inmaculada. Desde que en la escuela conocí la demostración de Euclides, ésta siempre me llenó de profunda satisfacción, más de orden estético que intelectual. Pues bien, mientras trataba de recordar la demostración y garabateaba los símbolos en la pared, me sentí invadido por el mismo hechizo.

 Y entonces, por vez primera, comprendí de pronto el motivo de ese hechizo: los símbolos que escribía sobre la pared represen­taban uno de los raros casos en que se realiza una declaración significativa y comprensiva acerca de lo infinito por medios pre­cisos y finitos. Lo infinito es una masa mística envuelta en una nie­bla, y sin embargo me era posible saber algo de lo infinito, sin perderme en ambigüedades engañosas. El significado de esto me inundó como una ola. Esa ola se había originado en una per­cepción interior verbal articulada que se había, empero, evapo­rado al punto, dejando en su onda sólo una esencia sin palabras, una fragancia de eternidad, un temblor de la flecha en el azul. Debo de haber permanecido allí algunos minutos, como trans­portado en un rapto y teniendo conciencia, aunque sin expresar­lo con palabras, de que «esto es perfecto..., perfecto» hasta que me di cuenta de que por detrás de todo aquello estaba experi­mentando una ligera sensación de incomodidad mental, si, había allí alguna circunstancia trivial que echaba a perder la perfección del momento. Luego caí en la cuenta de la naturaleza de aquella sensación de fastidio: por supuesto, me hallaba en la cárcel y tal vez a punto de ser fusilado. Pero inmediatamente replicó a esto un sentimiento cuya versión verbal sería: «¿Sí?, ¿y qué?, ¿eso es todo?» Réplica tan espontánea, fresca y divertida, como si aquel  intruso sentimiento de fastidio no supusiera más que la pérdida del botón de la camisa Luego floté de espaldas en un río de paz, bajo puentes de silencio; Aquel río no venía de ninguna parte ni Huía a ninguna parte; por último ya no hubo río y ya no hubo tam­poco yo. El yo habla dejado de existir.”

   


 

 

José María Sorando Muzás

jmsorando@ono.com